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viernes, 28 de agosto de 2009

Viajes a la memoria: El barrio chino de Barcelona

En mi infancia, mis madres pronunciaban siempre la expresión “barrio chino” entre susurros. Eran susurros entrecortados que sonaban a objeción, a prohibición, a depravación y a miedo. En realidad, no es que tuviera dos madres, una era la de verdad y la otra su hermana pero como vivíamos dos familias juntas en un pequeño piso realquilado, sin apenas ventanas ni cuarto de baño, yo tendía a confundir los lazos de parentesco. Eran daños colaterales de la pobreza y las oleadas migratorias de los años cincuenta.

Para mis amigas, vecinas cuyas madres también susurraban, la expresión barrio chino sonaba por contra, a misterio, a desafío y a aventura. Luego supimos que el Barrio Chino estaba muy cerca de nuestra casa de la calle San Gil, sólo unas cuantas calles nos separaban. Hubo un momento en que las madres consideraron oportuno ponernos reglas: no pasar bajo ningún concepto de la calle Hospital.

La calle Hospital era una frontera muy precisa. Más allá había hombres malos que raptaba a las niñas y les hacían cosas muy feas. También había muchas putas, delincuentes de todo tipo y antros infectos. Como mucho, se iba a la sesión doble del Cine Padró –que estaba en linde- cuando era inevitable. El único cine decente del barrio era el Céntrico en la calle Pintor Fortuny. Y sólo una vez en mi vida las madres susurrantes nos llevaron, por causas de fuerza mayor, a un cine llamado América que estaba más allá de la calle Hospital. Mis vecinas y yo abríamos los ojos como platos intentando ver cómo eran los hombres malos, las putas, los delincuentes y los bares infectos pero las madres tiraban con fuerza y nuestra curiosidad no consiguió saciarse.

Ni mis vecinas ni yo éramos gazmoñas. Al contrario, más bien éramos insconscientes y temerarias. Así que, en comandita, empezamos a traspasar furtivamente la frontera de la calle Hospital y llegamos, en sucesivas oleadas, hasta la calle Sant Pau y la calle Unión. Un día sin darnos cuenta nos plantamos en las Atarazanas delante del mar. Fue como un milagro. Nos sentimos libres, valientes y triunfadoras. Por suerte para ellas, las madres jamás llegaron a enterarse. Con el tiempo, nos enteramos que el barrio chino se extendía también al otro lado de las Ramblas por los alrededores de la plaza Real. Pero, las madres –que habían ahorrado a destajo- empezaron a comprar casitas nuevas y a cumplir su sueño americano. Así que el juego terminó y la parte més mítica de mi infáncia quedó atrás.

Cuando transformé Algunos ritmos pasan pronto de moda en videopoema, estuve buscando viejas imágenes del Barrio Chino y me vinieron todos estos recuerdos a la mente. Todos los cines cayeron hace tiempo. El Padró, en la calle de la Cera, fue el que mejor suerte tuvo porque durante unos años instalaron allí la Filmoteca Nacional. En cualquier caso, en el barrio chino actual ya no se ven prostitutas en todas las esquinas. Ahora lo llaman El Raval y el Ayuntamiento ha esponjado la alta densidad de edificios medio en ruinas pero la zona sigue teniendo el aire cochambroso de mi infancia. Lo habitan mayoritariamente inmigrantes paquistanís, subsaharianos y sudamericanos. Son daños colaterales de la pobreza y las oleadas migratorias de los años noventa. No sé qué diría mi madre ahora teniendo en cuenta que, probablemente, hubiera sido una de ellos.

Unos de mis detectives preferidos, Pepe Carvalho, deambuló por estas calles de la mano del querido Vázquez Montalbán. Me gustaría dedicarles este poema, pero creo que sería demasiado pretencioso. De todos modos, un consejo: para captar el espíritu de este barrio nos os perdáis las primeras novelas de la serie Carvalho. También os dejo esta buena reseña del escritor y su relación con Barcelona.
http://literaturaiesbi.wordpress.com/2009/03/18/manuel-vazquez-montalban/

Y aquí os dejo el videopoema y el poema...




Algunos ritmos pasan pronto de moda
by bi bok
era un ritmo de moda
todos cantaban
bai bai bi bok
en la esquina de Sant Pau con
Petunias Bar
el antro donde te conocí
hablar no era para ti
sólo silbabas
by bi bok

by bi bok
era tu ritmo de moda
siempre bailabas
bai bai bi bok
te dije ei enséñame
en la esquina de Sant Pau con
Petunias Bar
amar no era tu fuerte
sólo querías
by bi bok

by bi bok
fue mi ritmo de moda
solo entendía
bai bai bi bok
dejé el trabajo de la oficina
te seguí hasta Petunias
para practicar
dimos clase en tu cama
sólo follabas
by bi bok

by bi bok
pasó pronto de moda
nadie recuerda
bai bai last bok
no te vi más en ningún lugar
yo me quedé borracha
por las esquinas de Sant Pau
con Petunias Bar
y sólo ofrezco
by bi bok
a cualquier postor

algunos ritmos pasan pronto
de moda otros no

Anna Blasco

martes, 21 de abril de 2009

Viajes a la memoria: Coll d'Ares (Girona)

Hay viajes que no son lo que parecen. Una cree que va de vacaciones con su familia en pleno verano cuando la canícula aprieta. Una no puede permitirse grades lujos pero sí huir del calor de la ciudad, así que decide pasar unos días fresquitos en el Pirineo y elige Camprodón como podía haber elegido cualquier otro lugar. Una piensa que será feliz en las altas montañas, descubriendo pueblecitos remotos, maravillosas vistas y el supuesto nacimiento del Ter. Son vacaciones absolutamente convencionales donde Una espera simplemente aliviar el tedio y entretener la mente pero entonces, sin aviso alguno, algo se tuerce.

El Ripollès es territorio de frontera y Una decide alegremente hacer una escapada a Francia por el Coll d’Ares, para visitar el lindo enclave medieval de Prats de Molló. En las fronteras ya sabemos, puede pasar ocurrir cualquier cosa; desde pasar de largo sin enterarse hasta tener algún susto con la Autoridad. En el Coll d’Ares no hay aduana, ni siquiera es una auténtica frontera ya que separa territorios que antaño fueron un mismo país. No es previsible percance alguno pero Una tiene defectos de fábrica y le atrae poderosamente la mística de las fronteras, así que decide parar el coche y bajar a mirar desde el puerto a ambos lados de la misma montaña y entonces, algo se tuerce.

El Coll d’Ares tiene una altitud de 1513 m, un bar restaurante, unos bancos que miran a la Vall de Camprodon, carteles, señales y un monumento. Una se fija que en lado español hay un cartel que anuncia la entrada al Ripollès y en el francés otro que da la bienvenida a la Catalunya Nord.


Una los mira alternativamente y empieza a sentirse acuciada por una vago sentimiento de torpe nostalgia. La Catalunya Nord es histórica y culturalmente catalana, separada del resto de Catalunya por el Tratado de los Pirineos en 1659. A una le vienen a la mente, canciones, cantinelas y poemas que aún rememoran pertinaces un pasado que murió hace más de tres siglos. Y sin embargo, no murió porque ahí está el cartel metálico que ofrece el caluroso recibimiento y susurra: tal vez nuestros estados son distintos y hablan idiomas distintos pero nosotros no.

Una se sobrepone a la ñoñería como puede y entonces la vista se le va hacia una gran pintada en el murete lateral que refuerza la carretera: “Independència, 1714”. Uhh, más recuerdos… El 11 de septiembre de 1714 es el Día nacional de Catalunya, una fiesta que conmemora una derrota, la caída de Barcelona durante la Guerra de Sucesión Española, tras catorce meses de sitio. Y lo peor, la consiguiente abolición de las instituciones catalanas con la promulgación de los Decretos de Nueva Planta. Vaya, más pasado perdido que aprieta en la boca del estómago y ese himno de Els segadors cuya música me viene a la memoria y siempre me puso la piel de gallina.




Y con la piel de gallina en pleno julio, Una se acerca al lado francés a contemplar Prats de Molló al fondo de valle y entonces lo ve, un sencillo poste con una flecha en su extremo que indica: “Camí de la retirada” y ve una vallita, unos escalones de tierra y el inicio de un camino que baja abrupto hacia el valle. Y es entonces, definitivamente, cuando el día se tuerce y el peso de unos recuerdos muchos más próximos estrangulan el esófago. La piel de gallina no se va, el vello de los brazos se eriza y Una tiembla.


El coll d’Ares, fue una de las rutas pirenaicas por donde se retiró el ejercito republicano tras perder la guerra civil. Al lado del sencillo poste hay un gran cartel que rememora el hecho. Tiene en medio una foto impactante de vehículos amontonados que fueron dejados atrás. El aviador Joan Sayós de Sant Quirze de Besora, explica el recorrido que hizo: “El día 5 de febrero de 1939, todo el personal hospitalizado en Villalonga, con los sanitarios, fue trasladado en camiones y ambulancias hasta el mismo coll d’Ares, lugar dónde acababa la carretera de Molló, convertida allí en estrecha pista de montaña. Como venían otros vehículos detrás y hacía falta dejar sitio, a medida que los coches iban quedando vacíos los chóferes los estrellaban en un barranco inmediato”.

Me viene a la cabeza una fotografía que había visto en el periódico hacia tiempo. Por la ruta del coll d’Ares pasó lo que quedaba de la familia de Mariano Gracia, un labrador de Monzón, con él iban sus hijos Alicia y Amadeo, que tenía cuatro años, (en la foto ayudado por un campesino francés). En la fotografía, de Roger Violet, aparecida en L’Ilustration (1939), se les ve haciendo la vía de bajada hacia Prats de Molló. Gracias a la publicación de la imagen en el periódico El País, el 10 de enero de 2003, se pudo identificar y localizar a Amadeo Gracia, que seguía viviendo en Monzón.

Apartó la vista de las tierras francesas y al volverme reparó en un monumento conmemorativo. Una se acerca, esperando librarse del frio que le recorre las entrañas pero no hay salida. La placa central muestra su dedicatoria en francés i catalán: A los republicanos españoles, civiles y militares que franquearon el Coll d’Ares entre enero y febrero de 1939. La retirada: epílogo de un drama humano…








La retirada, metáfora de sueños rotos pero también de empecinamiento y esperanza. Los viajes no siempre son lo que parecen. Afortunadamente, a veces, algo se tuerce.