A veces, antes de iniciar un viaje, una se siente dividida entre dos extremos. El frío o el calor, el bullicio o el silencio, el blanco o el negro, la soledad o la multitud, la calma o la algarabía. Y, aunque el viaje sea imaginario, la indecisión puede llegar a paralizarnos, a contentarnos con viajar de una emoción a otra, ida y vuelta, ida y vuelta... hasta el punto de que una vez hemos dado la vuelta al mundo con nuestra mente, nos damos cuenta de que seguimos en el mismo sitio y que, oh alivio, todo sigue igual.
Pero no fue eso lo que ocurrió con Manhattan. Hubo un desgarro, puentes rotos, puertas que se cierran, puertas que se abren. Y una ilusión, que sigue ahí, impertérrita, abrazando los dos extremos. Tal vez es eso lo que me empuja a escribir poemas…
Manhatann
Nunca nos entendimos
Ya se hizo tarde
yo soñaba Manhatann
tú la Amazonia
yo soñaba Manhattan
en blanco y negro
cielos de mugre blanda
a colgajos
tratamos de omitirlo
con whisky i agua
cayó el telón a las once en punto
nos pilló distraídos
se fundió la bombilla
se quemó el cielo
la luz cayó en picado
asfixia en hielo
Nunca nos entendimos
siempre fue tarde
tu soñabas con Kenia
yo con Alaska
soñaba con Alaska
en negro y blanco
cielos de carámbanos
a colgajos
tratamos de evitarlo
con sexo y celos
sonó la alarma a las siete en punto
no pudo despertarnos
quedó el semen reseco
los niños muertos
el café congelado
la sangre hirviendo
sueño Manhatan darling
la función terminó
alguien aplaude en la primera fila
debo ser yo
Anna Blasco Olivares
domingo, 7 de junio de 2009
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